domingo, 20 de marzo de 2011

Así como el susto, las emociones tampoco son infinitas...

... Casi todos somos potencialmente capaces de aprender a vivir con cierta cantidad de peligro rondando, aunque de seguro y con el tiempo mediremos las consecuencias.
         Vamos a poner un ejemplo ingrato, pero que nos toca de cerca: el atentado del 11 de septiembre. Lo cierto es que, al principio, eso generó en el mundo occidental muchísimo susto. Había una situación real y concreta. que era el peligro del terrorismo; había ocurrido en Nueva York, en un edificio civil, había habido muerte, fuego y sufrimiento. Las consecuencias de la catástrofe estuvieron a la vista de todos durante meses... Después, se hicieron homenajes, aparecía en las noticias de la televisión u otros medios, pero con mayor distancia... ¿Que pasó? ¿Desapareció la percepción de peligro? ¿Los terroristas dejaron de existir? Claro que no, pero el fenómeno perdió la entidad que tenía. El gran peligro es darse cuenta de que los terroristas que saben esto, tan bien o mejor que nosotros, crearán también su estrategia, intentando reavivar el temor con nuevas amenazas o nuevos atentados cuando perciban esta laxitud. Otro ejemplo, igualmente dramático, cuando vimos por primera vez las imágenes del hambre de los niños de África o de Latinoamérica, cando nos mostraron los horrores de la guerra de Irak, Las angustias dejadas atrás por el tsunami, o los huracanes de Centroamérica, todos quedamos shockeados víctimas de una fuerte impresión. ¿Que pasó luego? Que, de alguna manera, nos acostumbramos a que ésa era y es la realidad en el mundo. Tristemente, diría yo, hemos aprendido a convivir con todo eso.
         Pero dejemos de lado la situación del mundo. Pensemos en una esposa que vive con un marido alcohólico. La primera vez que el tipo vuelve borracho la mujer se enoja y se desencadena un episodio de violencia. Ella se asusta, entra en pánico, tiene miedo, etcétera. Lo mismo le pasa la segunda vez y la tercera. Pero, después, si no se marcha de su casa, irá construyendo sobre el agotamiento de la reacción de alarma un acostumbramiento a esa historia de Durmiendo con el enemigo...
         Es triste decirlo, pero la mujer de la historia ya no vive la situación como peligrosa, aunque sigue siendo tan peligrosa como al principio. Es muy común en estos casos que alguien, recién llegado, observe una situación como ésta desde fuera y que, a diferencia de quien se acostumbró, perciba el peligro que las otras personas ya no pueden percibir.
         -Yo conozco un ejemplo de eso. Mi tía Loli llegó una tarde a la casa de su vecina y se encontró con el marido de su amiga totalmente alcoholizado. La mujer lo mando a dormir y éste reacciona de modo bastante agresivo y descontrolado. La vecina lo empuja hasta el cuarto a gritos  y cierra la puerta detrás de ella. Mi tía hace señas de irse y la vecina le dice: "No te asustes... ¡No pasa nada! Mucho ruido y pocas nueces. ¡Ya no le tengo miedo a ese cabrón!".
         -Exactamente. Te expongo un caso más. Imaginemos una persona sumamente neurótica que manipula a las demás. Cuando no consigue lo que quiere, amenaza con suicidarse. Cuando alguien que uno quiere o que tiene cerca amenaza con suicidarse, frente a la sola posibilidad de que esto suceda, a uno le entra un susto terrible. Claro, uno se asusta la primera vez, la segunda, la tercera, la cuarta. Pero ¿Qué pasa la quinta vez?
         -La quinta vez ya no te asusta nada, porque el que amenaza y amenaza nunca se suicida.
         -No estés tan segura. Esta situación, tal como la planteamos, tiende a agravarse. Cuando el otro, digamos que al manipular, percibe que somos inmunes a su amenaza, cuando se da cuenta de que ya no me asusta, en general duplica su apuesta y empieza a incluir intentos de suicidio cada vez más serios para conseguir atención, para que no se agote mi capacidad de respuesta de alarma. Alguien podría quedarse pensando que todo es sólo una manera de llamar la atención, y tal vez lo sea, pero algunas veces, llamando la atención alguno se pasa de la raya y se muere de verdad. No es ninguna broma.
         Retomo el hilo: el susto se agota de la misma forma en que tienden a agotarse todas las emociones sostenidas por mucho tiempo. Se agotan con la desaparición de la sorpresa, y con la construcción que levantan los mecanismos de defensa. Mecanismos estos que por suerte están allí, para permitirnos seguir, para poder convivir con esa situación y sobrevivirla. Porque nadie podría seguir infinitamente expuesto a una situación de peligro si no amortiguara su respuesta emocional. Así como nadie podría sobrevivir demasiado tiempo perdidamente enamorado (aunque en este caso la agonía fuera mucho más dulce).
         -¿Y si uno no se acostumbra y la situación de peligro continua?
         -Si la tensión se instala pueden suceder dos cosas: que se quiebre la estructura de personalidad, colocándonos en lugares dañinos para nosotros mismos, como la locura, la depresión severa o la psicosis. Vivir en peligro permanente conducirá irremediablemente a una situación que conocemos como estrés...